Lake Tahoe y las Montañas de Nieve

Publicado por Yamil Cuéllar en

He atrapado la última nevada del año. He atravesado la ciudad, cruzado el valle hasta las montanas al norte de California para ver un fenómeno sorprendente de la naturaleza: la lluvia blanca. Jamás había visto la nieve. Yo nací en un país del Caribe y por ley natural, entenderán ustedes, que allí el invierno no existe. La nieve es una ilusión lejana que sólo se acerca en las películas, un sueño imposible para un país de eterno verano. Pero esta vez tuve la oportunidad. Sentía una inmensa curiosidad y no veía la hora en que llegara el momento de hacer una pelota de nieve entre mis manos. ¿A quien lanzársela? No importa, la nieve esta en esas montañas, tras el valle y luego subir miles de pies sobre el nivel del mar.
Pronto apareció, tímida al principio, desenfadada luego al tiempo que yo y mis amigos continuábamos subiendo hacia la cima. Comenzaba un espectáculo maravilloso, como si un vestido blanco cubriera sin respeto los pinos altos, el bosque, las colinas y los caminos. Entonces tuvimos que detener el auto para colocarle unas cadenas a las ruedas, de lo contrario, las autoridades no nos dejarían continuar. Las cadenas impiden que las ruedas del auto resbalen en el pavimento helado de la carretera. Se imaginarán entonces que con ellas, el vehículo tenía que reducir la velocidad, o de lo contrario las cadenas se romperían. Debían de estar allí para ver la cara que puse cuando vi las casas cubiertas por la nieve, sumergidas en ese vestido blanco. Algunos residentes se apresuraban con sus palas y máquinas a abrir un camino frente a sus puertas o a aliviar los techos para que no colapsara con el peso de la nieve, que eso es algo que puede ocurrir en caso de que no se tenga cuidado. Muy pronto, asomo el parque. Y cuando puse mis pies sobre la nieve, que reina a sus anchas sobre terreno entero pues, ¿que creen que hice? Me deje caer sobre ella. Me puse a llorar de alegría. Se puede llorar también por la curiosidad, por la sorpresa, el descubrimiento. Hay hombres que han llorado cuando ven la desembocadura de un río, el nacimiento de un ternero, un eclipse, cuando llegan a la cima de una montaña, cuando ven cosas que han esperado ver toda su vida o la han soñado.
Fue ese momento para mí, como los niños que llegan al reino de los algodones de azúcar, sólo que éste tipo de algodón era frío, fino y blanco. Se pegaba en todas partes y me recordaba un largo señor que recorría las calles de mi pueblo vendiendo granizado, un hielo que al rayarlo, se echaba en un vaso de papel para luego ponerle un refresco concentrado y así aliviar el calor del eterno verano. Inmediatamente metí en mi boca un trozo de ella para saber su gusto. Y claro, ¿que gusto creen ustedes que va a tener?, la nieve es igual que el agua de lluvia, es lluvia, pero congelada. Y en lugar de gotas, son copos de nieve. Eso es lo sorprendente, lo maravilloso de la nieve: ningún copo de nieve, es igual a otro. Si se toma un microscopio y se comparan, notaran que no hay nada similar en la forma de ambos. ¿Cómo se las ingenia la naturaleza para que cada copo de nieve sea diferente? Un buen rato me quede contemplando mi pregunta, cuya respuesta solo conseguía celebrar la naturaleza y sus milagros. Además de conocer la nieve, mi viaje también tenía otro propósito. Debía de aprovechar, ya que era la última nevada sobre la montaña. Luego seria muy tarde, porque la primavera comenzaría a derretir la nieve, a fundirla y para entonces, no quedaría más que hielo, fango y tierra mojada. ¿Qué harían ustedes en un lugar lleno de nieve? ¿Se conformarían en conocerla solamente y tragarse una pelota por descubrir su sabor? No, estoy seguro. ¡Jugarían hasta el cansancio! En mi caso particular era un deporte arriesgado y extremo, excitante y rápido. ¡Esquiar! Pero lo que sucedió mientras aprendía o lo intentaba, se los contaré en otro momento.

Esta entrada ha sido publicada el 24 junio, 2011 a las 0:00 bajo la etiqueta . Pueden seguir la respuesta a los comentarios inscribiéndose a comments feed .

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