Mi aventura esquiando y otros peligros.

Publicado por Yamil Cuéllar en

Estoy vivo para contarlo y no tiene nada de risa. Casi me rompo un hueso creyéndome el hombre nieve. Pero vale la pena decir, y aquí es donde ustedes aplauden, que aprendí bastante rápido. Y eso es lo primero, lo mas importante antes de comenzar a esquiar es escuchar las indicaciones de quien te esta enseñando. Esquiar es como patinar, solo que a diferencia de unos, éste tiene unas largas planchas que se ajustan a las piernas y de las que no es muy fácil zafarse. Entre más largas, ¡más velocidad!
Se necesita un buen abrigo, guantes y gafas de sol, porque aunque puede o no haber sol, el resplandor de la nieve puede lastimarte los ojos. Los esquíes son una carga pesada, que llevan botas especiales que se ajustan al pie. Regla número uno: ¡Procura no caerte! Es difícil incorporarse con esas patazas, que además se escurren sobre la nieve como nada. Existe un deporte que se practica con esquíes, en el que se puede alcanzar hasta 200 millas por hora. ¿Se imaginan? Lo normal, para quienes tienen experiencia en este deporte y les gusta la velocidad, es de 80 a 90 millas por hora. Es muy rápido. Yo por el momento y ahora, me basta ir a 5 millas. Es suficiente, ¿no creen?. El primer paso es aprender a deslizarse ayudándose de los palos y de la inclinación del cuerpo, que son los que dan la dirección. Por supuesto que se comienza en una colina pequeña, para primerizos. Luego, se aprende a frenar (lo más importante) o a disminuir la velocidad. Cuando se toma confianza y se practica, uno comienza a buscar cimas más altas, con moderación. No cometan el mismo error que yo cometí, cuando me sentí confiado de subir a una colina para personas con experiencia. Allí mi desgracia. Era tan alta que no veía el modo de poder bajar, al menos con vida. Estaba tan empinada que en el primer intento, caí una, dos, tres veces. (No se rían) Comencé a preocuparme, porque no había modo de bajar la colina sino esquiando. Otro intento y fue tan brusca la caída que me lastimé la mano y lo peor, la pierna dio un giro tan fuerte que casi me la rompo. Por suerte los esquíes no son como los de antes. Ahora, para evitar que no te rompas la pierna en situaciones como esas, el esquí tiene un medidor que se ajusta a tu peso y a tu tamaño, y cuando la presión excede esas medidas, el esquí se libera del pie. De lo contrario, estuviese ahora escribiéndoles con una pierna rota. Mi mano esta bien, no se preocupen. ¿Creen ustedes que me acobardé y me rendí? Hubiera sido fácil hacerlo, pero seguí. Decidí dominar el miedo y por ende los esquíes, así que logre bajar la montaña. Lo peor de esquiar es que cuando lo practicas, te gusta para toda la vida. Y aunque di vueltas y enfrente peligros, unas ganas tremendas me quedaron de continuar allí sin que acabara el día. Ahora regreso, mientras despido la última nevada al norte de California, en espera de que regrese el invierno pero también de con una lección, esa que trillada decía mi abuela: en la confianza esta el peligro. 

Esta entrada ha sido publicada el 11 julio, 2011 a las 17:25 bajo la etiqueta . Pueden seguir la respuesta a los comentarios inscribiéndose a comments feed .

0 comentarios

Publicar un comentario en la entrada

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
"... los niños son la esperanza del mundo." José Martí