"El hipopótamo" por Gabriela Vieira Ribalta

Publicado por Yamil Cuéllar en ,


Edad: 11 años
Taller: La hojita suelta
También publicó: Cenicienta Protesta
       
El hipopótamo 
Hace algún tiempo habitaba, cerca de un caudaloso río, un hipopótamo muy distinto. No era de sangre fría ni  tenía complejo de gato, simplemente que detestaba ese “río tan húmedo” y en cambio, disfrutaba de sentarse a la sombra a preparar infusiones o tomar el sol de la tarde. Sus conocidos lo criticaban:
         —Te vas a disecar con tanto calor.
Él solo respondía:
—Es que no soporto pasarme el día tragando agua.
Lo tomaron por imposible, desde entonces no le dirigían la palabra y él, o sea, Hippo, se sentía como un Don Nadie.
Además de aficionado a la medicina verde era un gran fanático del football, a tal punto que casi pierde la razón  al enterarse de que Sudáfrica sería sede del campeonato mundial de dicho deporte. ¡Tal evento en su pedacito  de tierra llamado Patria!
Todas las tardes practicaba pases y goles con un huevo de avestruz, lo cual le propinó igual cantidad de picotazos por parte de la ofendida madre.
Un día, pasaba por allí, un Cazatalentos famosísimo, casualmente, mientras conducía por una carretera, pensó tomar un atajo descubierto  por él  mismo en años anteriores, por supuesto, perdió el camino y ahora, se encontraba a merced de la  Madre Natura.
Claramente, la imagen de Hippo practicando, no tardó en llamarle la atención al Cazatalentos, una mole gris pateando magistralmente un huevo y aún  lamentando los  golpes más recientes no puede pasar inadvertido en una quieta sabana.
Luego de mucho platicar y negociar, ambos acordaron que Hippo sería la mascota del equipo nacional, esta no era la meta que llevaba en mente, pero por algo se comienza, pensó. 
Todo estaba preparado para que Hippo saliera de la Reserva Natural  para llevarlo a la cancha, pero al probarse el short, las medias y el pulóver distintivo del equipo, avanzó un tanto para comprobar su imagen en las aguas de un abrevadero cercano, pero al comprobar los resultados hizo una mueca de disgusto: el short era demasiado ancho, no podía verse tan gordo en un evento deportivo, por el contrario el pulóver le quedaba estrecho y de igual forma sobresalía su peso corporal, las medias le irritaban y  al final de su análisis concluyó:
— No hay que sufrir tanto para ser una simple mascota.
Y regresó a la sombra del enorme Baobab, triste y desanimado.
Repentinamente se acercó un van lleno de turistas, uno de ellos (que por la voz parecía mujer) gritó con desdén:
— ¡Qué vergüenza, esto es culpa de mi hermano! ¡Va a cumplir sesenta y cinco años y todavía cree que es un niño! ¡Fuera de fase! y lanzó por la ventanilla una graciosa máscara infantil que consistía en unos enormes espejuelos unidos a una nariz rosada y un cómico bigote debajo.
Hippo no dudó ni un instante, se colocó aquel estrambótico accesorio y fijó su vista en el horizonte, alejándose del lugar.
Por fin llegó a la ciudad, después de cruzar las barreras del parque natural. Había edificios y autos por doquier, además de muchas, muchísimas personas que al parecer se pusieron de acuerdo, pues todas lo miraban con extrañeza y aceleraban el paso.  A decir verdad, Hippo parecía una versión gris y más obesa de Charles Chaplin o Mister Beans.
Al ver la reacción de los transeúntes, Hippo pensó:
 —Quizás deba disfrazarme mejor, estos humanos no tienen imaginación.
 Así que entró a una tienda y luego de mucho buscar, eligió una enorme camisa verde limón y un holgado pantalón negro, se miraba en el espejo, hacia poses y giros como un modelo en la pasarela, parecía satisfecho con su nuevo look.
 Llegó a un enorme edificio y pensó:
—Esta debe ser la Universidad.
Después de entrar y atravesar pasillos y un comedor, llegó a una oficina. Tocó a la puerta.
— ¡Pase! Autorizó una voz chillona desde el interior del local.
No mas entró  Hippo, una señora baja, delgada y de cabellos anaranjados le dice:
—Mire estudiante, no puede matricular, así que váyase por donde mismo vino…
—Pero, señora —alcanza a reprocharle una voz. Al menos, permítale que me muestre sus calificaciones ¿no?
—Por supuesto, señor director —respondió la asistente, mujer de malas pulgas y lengua larga.
—Muy bien, vamos a ver... seminarios, controles parciales, pruebas de ingreso. Excelente, lo aceptamos.
De esta manera comenzó Hippo sus estudios en la beca. Nunca fue muy popular y su estancia en la Universidad no cambiaría esto. Pasó seis años de su vida estudiando, sin amigos, y bajo un disfraz que comenzaba a quedarle chico, pero con amor y dedicación se logra todo y al fin se graduó de médico.
Ese mismo día volvió a su hogar, a la quieta planicie, a la deliciosa sombra del Baobab que crecía en las márgenes del río, pero su corazón, que antes latía a ciento veinte por segundo quedó mustio y deshojado al descubrir que todos los animales estaban infectados con una serie de misteriosas enfermedades.
Hippo pensó que era el más indicado para sanarlos a todos.
Primer paciente: frío, temblando, luego de un breve análisis...
—Usted tiene hipotermia, y así fue diagnosticando los siguientes males: hipotensión, hipoglicemia, hipo ¡Es increíble! Toda una planicie afectada por una epidemia, más tarde conocida por: Hipomaliatis Contagiosus.
Así Hippo abrió una nueva rama en la farmacéutica: la Hipotratamentus Verdus y de esta manera se convirtió en el primer Hipotólogo. 
Imagen cortesía del blog Desenhos para Colorir

Esta entrada ha sido publicada el 21 marzo, 2013 a las 16:35 bajo la etiqueta , . Pueden seguir la respuesta a los comentarios inscribiéndose a comments feed .

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